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Pasajes Del Terror: Carmen Brot Buil

abril 20, 2007

El mito de la aragonesa Carmen Broto tiene una deuda inequívoca con Juan Marsé y con su novela “Si te dicen que caí”. Marsé, aprendiz de joyero en 1949 y además improvisado recadero de alhajas a lugares como el hotel Ritz, según ha contado, escribió: “Al salir de casa me asomé a la calle Escorial y vi cómo una docena de personas observaba con cierta expectativa un coche, un Ford tipo sedán, que estaba parado en la esquina de Escorial con Legalidad. Me acerqué: los vidrios estaban manchados de sangre y ahí estaba también la maza con la que acababan de matar a Carmen Broto”. Esta escena, que también pudiera ser el recuerdo inventado de un escritor de ficciones, habría sucedido un martes, once de enero de 1949. Carmen Broto fue apaleada de una manera brutal por tres hombres: Jaime Viñas, el cerrajero Jesús Navarro Gurrea, padre del ambiguo amante de la joven, Jesús Navarro Manau, que también colaboró en el crimen, al parecer contra su propia voluntad. Los planes previos de los ladrones se fueron al traste de inmediato, ante la resistencia de Carmen, y todo se convirtió en una auténtica chapuza. Carmen Broto, envuelta en un abrigo de astracán, pereció empapuzada de sangre, Jaime Viñas y Jesús Navarro Gurrea se suicidaron con cianuro, y el hijo de éste fue condenado a muerte. Finalmente, logró que le conmutaran la condena por 30 años de cárcel, gracias a las gestiones de sus abogados. Tras tres lustros en el Penal de Ocaña, fue liberado por buena conducta. Llegó a escribir al menos dos libros sobre su compañera: en uno la convierte en turbia confidente de los nazis y en otro la vincula con los maquis, en esa línea de “miliciana roja” de la que también se habló bastante. En 1965, Jesús Navarro Manau cuenta en una carta que viajaba en coche por Zaragoza.

Carmen Broto, el mito erótico con el todos querían acostarse, fue desde entonces objeto de novelas y evocaciones, de reportajes y de películas. “Causaba un cierto impacto visual, con su melena clara y un aire altanero”, decían unos. Y otros: “Era una mujer de bandera, en el sentido de que no pasaba desapercibida, alta, esbelta, bonita, quizá algo vulgar. Una de aquellas mujeres que se hacen mirar”. El arquitecto Oriol Bohigas la había visto en el Tívoli, con cuyo dueño, Juan Martínez Penas, estaba “enredada”. Otros la comparaban con Veronica Lake por su rubia melena al viento o con Jayne Mansfield. Su muerte desató una imparable corriente de rumores, que se extendió como la pólvora.

El novelista Alberto Speratti escribió: “Estoy convencido de que mientras haya franquistas con poder en España, los móviles del crimen (…) permanecerán sepultados. Es posible que los que se vieron envueltos en él hayan muerto, pero sus familias seguirán velando por su buen nombre. ¿Militares? ¿Banqueros? ¿Industriales? ¿Ministros? Usted nunca podrá averiguarlo, no tiene fuerza suficiente para desmontar una trama macabra entretejida por poderosos”. El director y productor Pedro Costa, que le dedicó un capítulo en “La huella del crimen”, dijo: “Es un crimen con un trasfondo político impresionante. En otros países en que se produjeron crímenes parecidos provocaron caídas de gobierno (…) La Broto, al verse apartada de los círculos de Muñoz, y saber tantas cosas del submundo sexual de Barcelona, de los vicios de la gente del poder, intentó vengarse, pero la muy ingenua fue a denunciar todo ello a Jefatura; se la cargaron a los pocos días”. Cortesana, confidente, maquis ¿Quién fue, en realidad, Carmen Broto? Aquí ya han aparecido los nombres de dos de sus protectores: Julio Muñoz, que hizo de ella “la amante del rey del estraperlo de la ciudad”, tal como escribió Enrique Vila-Matas, y Martínez Penas, el empresario gallego del Tívoli, que vivía en el hotel Ritz y la utilizaba como coartada para enmascarar su homosexualidad. Con él acudía a su palco del Liceo y a los tendidos de la Monumental. “Eso no era lo habitual. La figura de la querida o la mantenida se mantenía oculta; al presidente de la Diputación de Barcelona tras verlo en Madrid con otra acompañante que no era su mujer lo destituyeron”, dice Josep Guixá, autor, con Manuel Trallero, del libro “La invención de Carmen Broto” (Aurea Editores), que es el fruto de casi seis años de investigación, una minuciosa lectura del sumario del juicio y del análisis de testigos. Guixá recuerda que Carmen Broto había tenido otro amante, Ramón Pané, que le ayudó a montar uno de sus pisos y que le pasó durante un año y medio una cantidad fija al mes, algo que también haría Martínez Penas, “con quien, por otra parte, no tenía sexo”.

Carmen nació en Casa Pardina de Guaso en 1924 y asistió a las clases de doña Dolores. Se trasladó pronto a Boltaña con sus tíos. Tenía tres hermanos: Andrés, que fue fusilado por republicano (no ha aparecido su certificado de defunción), Ramona, que se quedó en Guaso, y Quiteria, que se trasladó a Barcelona y se casó con un constructor. María Victoria Broto, directora general de Política educativa, de Guaso, decía a HERALDO que en Casa Pardina se jugaba al guiñote, se tomaban cervezas y se vendían escobas y chocolate. “Un día, Ramona nos enseñó la esquela de Carmen Broto, entre lágrimas. No nos decían mucho de ella, pero había un misterio: de amor, de muerte”. Algunos dicen que Carmen Broto se trasladó a Barcelona y se inició de sirvienta. Y de ahí pasaría a hacer la calle como prostituta del Barrio Chino y en burdeles como “La Carola”. Guixá cree que no llegó a ejercer la prostitución en la calle, sino que se apoyó inicialmente en su cuñado, y de ahí dio el salto. “Era un mujer compleja, sin demasiados escrúpulos. No digo que no frecuentase algunos salones y bailes, y debió ser ahí donde entró en contacto con Pané o Martínez Penas. Más tarde estableció relación con Navarro Manau, que no tenía inconveniente en acostarse con hombres”.

De hecho, sería su amante, el pianista y profesor de piano Eusebio López Sert (él volumen reproduce dos cartas de despedida, una especialmente estremecedora, a su amante) quien avaló a los asesinos para que pudiesen alquilar el coche; él había cerrado el grifo de sus asignaciones a su amante Jesús Navarro, y la familia se quedó sin dinero. De ahí la decisión a la desesperada del padre de éste. El objetivo no era sólo el de sustraer las joyas de Carmen Broto, sino que ella los condujese a Martínez Penas para robarlo a él. Luego matarían a la joven, la harían desaparecer y sobre ella recaerían las sospechas. Pero se truncó todo y se abrió una espiral interminable de leyendas. Trallero y Guixá han escrito un mentís contra esta especie de unánime “todos mienten”.

Info sacada de:

Carmen Broto Buil 

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