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Motín Esquilache

marzo 22, 2007

En 1766, siendo rey Carlos III, tuvo lugar en Madrid y otros puntos de España la revuelta que ha pasado a la Historia como Motín de Esquilache, en la que se calcula que participaron alrededor de 40.000 personas y que cerca estuvo de poner en peligro a la figura real.

 

 Mot�n de Esquilache, por Francisco de Goya

 

Motín de Esquilache, por Francisco de Goya

Aunque el detonante de la revuelta fue la publicación de una norma municipal que regulaba la vestimenta de los madrileños, habría que buscar las causas verdaderas en el hambre, las constantes subidas de precio de los productos de primera necesidad y el recelo de los españoles a los ministros extranjeros traídos por Carlos III. Finalmente, el motín se saldó con el exilio forzado del Marqués de Esquilache, Secretario de Hacienda e inspirador del edicto.

 

El bando de la polémica

Leopoldo de Gregorio, Marqués de Esquilache, persona de absoluta confianza del rey, de firme voluntad y amigo de las decisiones tajantes, trataba de erradicar en la Villa de Madrid el uso de la capa larga y el chambergo (sombrero de ala ancha) con el pretexto de que, embozados, los madrileños podían darse anónimamente a todo tipo de atropellos y esconder armas entre los ropajes. La medida propugnaba el uso de la capa corta y el tricornio (sombrero de tres picos), de procedencia extranjera. La multa en caso de desobediencia ascendía a seis ducados y doce días de cárcel para la primera infracción y el doble para la segunda.

Aunque resulta indiscutible la utilidad de la medida para el mantenimiento del orden público, no es menos cierto que el italiano se había propuesto hacer entrar en la “modernidad europea” a la capital más sucia e insalubre del continente. Fue Esquilache quien ordenó la pavimentación e iluminación de calles y la creación de paseos y jardines. Asimismo, se propuso limpiar las calles de basura y excrementos humanos y animales mediante la construcción de fosas y pozos sépticos, prácticamente desconocidos en los barrios populares. El uso de la nueva indumentaria, por tanto, vendría a ser una renovación estilística en las costumbres, más acorde con los nuevos tiempos. Paradójicamente, la “castiza vestimenta” origen de la polémica no era tan castiza, por cuanto había sido introducida apenas cien años antes por la guardia flamenca del general Schomberg, en tiempos de la reina Mariana de Austria, regente en la minoría de edad de Carlos II.

El hambre, la verdadera causa

El motín de Esquilache no fue una revuelta de carácter político. Tampoco el pueblo estaba contra el poder real o de los nobles españoles. El hambre y el descontento producidos por el constante aumento del precio de los alimentos de primera necesidad fue el caldo de cultivo para la rebelión.

El pan, elemento fundamental en la dieta, había prácticamente duplicado su precio en cinco años, pasando de siete cuartos la libra en 1761 a doce cuartos en 1766. Las malas cosechas de esos años y la liberación del comercio del grano producida por el decreto de 1765 estaban detrás de tal escalada. Los acaparadores de trigo (empezando por nobleza y clero, que perciben la mayoría de sus rentas en especie) se benefician de la inexistencia de un mercado interior ágil y no tienen ningún incentivo para vender barato, esperando a que el precio subiera al máximo.

Siguiendo las clásicas pautas de los motines de subsistencia del Antiguo Régimen, la carestía del pan se vuelve insoportable para los más humildes en la época del año en que justamente el trigo es más caro, antes de la cosecha y cuando se están agotando las reservas del año anterior, provoca que el máximo de conflictividad coincida con los meses de primavera.

El problema de la causa en las revueltas populares está extensamente tratado en la historiografía. Normalmente se utiliza la expresión “causas lejanas” o precondiciones y “causas próximas” o precipitantes. Es como preguntar ¿quién causa la explosión, la chispa o la pólvora?. La depauperación de las clases populares, pero sobre todo la percepción que tenían del abandono por parte de las autoridades de su misión de garantizar el abasto barato de bienes de consumo, en un contexto de transición no completada del feudalismo al capitalismo, desde luego eran la pólvora. El bando de las capas sirvió de chispa, bien espontánea, bien favorecida por ciertas intrigas políticas, banderías nobiliarias (albistas y ensenadistas) o el discutible papel de alguna parte del clero. La xenofobia antiitaliana, como la antiflamenca de la Guerra de las Comunidades dos siglos antes, es un elemento movilizador de primer orden.

Más importante que la verdadera causa es la comparación de este movimiento social, tanto en la Corte como en su prolongación en las alteraciones en provincias que tuvieron lugar en los meses siguientes, con la contemporánea gestación de los formidables movimientos sociales en la vecina Francia, que terminaron dando origen a la de 1789|. Las turbas populares que asaltaron el Palacio de Versalles y que trajeron de vuelta a París a la familia real, rebautizados como el Panadero y la Panadera no son muy distintos de las madrileñas de veintidós años antes, pero la gestión política y social de los acontecimientos es abismalmente diferente. Ahí hubo un asalto al poder por parte de una nueva élite dirigente con conciencia de clase: la burguesía definida como Tercer Estado por Sieyes. En España no la había. No fue el motín de Esquilache una vacuna contra la revolución, sino una muestra evidente del atraso relativo de España.

El motín

Publicado el edicto municipal, la reacción popular no fue otra que sustituir los bandos por pasquines vejatorios contra el italiano. Esquilache, lejos de amedrentarse, ordenó a los soldados que ayudaran a las autoridades municipales en el cumplimiento de la orden. Las multas comienzan a producirse. También los desmanes. Algunos alguaciles acortan en las calles las capas de los díscolos o tratan de cobrar las multas en su beneficio. Pequeños conatos violentos se suceden y la indignación del pueblo de Madrid crece.

Pero no es hasta la mañana del Domingo de Ramos de 1766 cuando se desencadena el motín. En la plazuela de Antón Martín, dos embozados se acercan hasta unos sorprendidos soldados que les dan el alto. En ese instante, irrumpe en la plaza un grupo de gente armada que provoca la huida de la soldadesca. Los amotinados asaltan un cuartelillo situado en la misma plaza y se apoderan de sables y fusiles, dirigiendo sus pasos hacia la calle Atocha donde muchos otros se suman, hasta juntarse alrededor de dos mil almas. El azar quiso que el tumulto se topara con el duque de Medinaceli, que se comprometió a transmitir al rey sus peticiones.

La patulea asalta la casa de Esquilache y asesina a cuchilladas a un servidor que trató de ofrecer resistencia. Los amotinados vacían sin contemplaciones la bien surtida cocina del marqués y se dirigen a las casas de otros dos ministros italianos; Grimaldi y Sabatini, destrozando cuantas farolas, colocadas por Esquilache, encuentran a su paso.

El Lunes Santo, enterado el pueblo de Madrid de que Esquilache se encuentra junto al rey, una muchedumbre se dirige hacia el Palacio Real. Los odiados miembros de la guardia valona se mantienen firmes y terminan abriendo fuego y matando a una mujer, lo que enardece a los reunidos que comienzan a corear consignas contra Esquilache y contra los valones. Finalmente, un sacerdote que actúa como mediador hacer llegar al rey una lista de exigencias:

  1. Destierro del marqués de Esquilache y su familia.
  2. Que no existan ministros extranjeros.
  3. Desaparición de la Guardia Valona.
  4. Bajada de los precios de los comestibles.
  5. Desaparición de las Juntas de Abastos.
  6. Retirada de las tropas a sus cuarteles.
  7. Sea conservado el uso de la capa larga y el sombrero de ala ancha.
  8. Que el rey “se digne salir a la vista de todos para que puedan escuchar por boca suya la palabra de cumplir y satisfacer las peticiones”.

El rey, con disgusto, acepta las exigencias populares, desoyendo a los hombres de armas que aconsejan sofocar la revuelta sin contemplaciones. La calma parece reinar de nuevo en la ciudad.

El Martes Santo amanece tranquilo, pero el pueblo, que confía en la palabra real, conoce que Carlos III, asustado por las revueltas, ha partido hacia Aranjuez llevando consigo a toda su familia. La población se inquieta pensando que esa marcha pueda significar que el monarca está reuniendo al ejército para regresar y doblegar a la ciudad. Pronto la inquietud se transforma en agitación en las calles, rumores y miedo. La población se echa a la calle y se producen desórdenes y saqueos peores que los de la jornada anterior. Son asaltados almacenes de comestibles, cárceles y cuarteles. Diego de Rojas, presidente del Consejo de Castilla es tomado prisionero en su propia casa y obligado a redactar una carta destinada al rey en la que se detalla el estado de cosas.

Carlos III, consciente ahora de la torpeza que supuso su marcha de la ciudad, hace leer su respuesta en las calles de Madrid, ratificando su promesa de respetar las peticiones populares, pero advirtiendo que no se presentará ante su pueblo, como indicaba unas de las peticiones, hasta que los ánimos se hayan calmado. La multitud vuelve a sus casas lanzando vivas al rey.

El miedo popular a la ausencia de la figura del monarca es un buen testimonio del paternalismo que legitima las relaciones sociales y políticas. Volverá a verse en la jornada del 2 de mayo de 1808 que abre la Guerra de Independencia Española.

Las consecuencias

Muy a disgusto del monarca, Esquilache partió al destierro. El Conde de Aranda, capitán general de Valencia, que con sus tropas desplazadas en Aranjuez había tranquilizado al amedrentado monarca, se convierte en hombre fuerte del nuevo gobierno, en el que todavía figura el genovés Grimaldi. Otras figuras emergentes son personajes de la futura talla política de Pedro Rodríguez de Campomanes, y el Conde de Floridablanca. Las noticias del motín de Madrid provocaron una onda de contagio espontáneo en otras ciudades, como Cuenca, Zaragoza, La Coruña, Oviedo, Santander, Bilbao, Barcelona, Cádiz y Cartagena entre otras muchas, en las que por lo general se hacían peticiones de proteccionismo hacia el consumidor, el modelo clásico de motín de subsistencia. No había ninguna coordinación entre ellas, ni hubo ninguna continuidad. No se aprovechó tampoco, como durante la crisis de 1640, para movimientos políticos de más calado por parte de ninguna oposición organizada realmente peligrosa.

La atribución a posteriori de la culpa no tardó en sustanciarse en la Pesquisa secreta promovida desde finales de abril por Aranda. Tenía todo el sentido de la oportunidad de encontrar chivos expiatorios, lógicamente, entre los enemigos de su partido aragonés, que ocupaba ahora la confianza del soberano: El Marqués de la Ensenada fue desterrado de la Corte, y la Compañía de Jesús fue expulsada de todos los reinos de la Monarquía Hispánica al año siguiente, 1767. La expulsión de los jesuitas no fue exactamente un signo de anticlericalismo (aunque la masonería se ha asociado con la figura de Aranda), pues la medida tuvo el acuerdo de la mayor parte del clero, tanto secular como regular (sus principales enemigos eran las otras órdenes religiosas). El abasto y el consumo alimentario en Madrid fueron, en lo sucesivo, vigilados especialmente a través de las instituciones tradicionales y sin las veleidades liberalizadoras de los decretos de libre comercio, desde el Consejo de Castilla y la Sala de Alcaldes de Casa y Corte y el Repeso. Suavemente, y con el consenso de la atemorizada sociedad madrileña, las capas y chambergos desaparecieron, curiosamente, reservados para la vestimenta del verdugo, a quien nadie quería recordar.

Bibliografía

  • Equipo Madrid (1988), Carlos III, Madrid y la Ilustración. Contradicciones de un proyecto reformista, Madrid: Siglo XXI.

Enlaces externos

  • Una buena exposición de los hechos:[1]
  • Un estudio de más profundidad:[2]

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